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La resiliencia no signfica saber qué hacer


Cuando pensamos en una persona resiliente, muchas veces imaginamos a alguien sereno, seguro, capaz de mantener la calma en medio de la tormenta y de tomar decisiones acertadas sin venirse abajo. Esta imagen puede resultar atractiva, pero también es bastante incompleta. Incluso puede ser injusta, porque deja fuera una parte muy humana del proceso: la confusión, el miedo, la rabia, el bloqueo, la duda y el cansancio.


La resiliencia no significa estar bien todo el tiempo. Tampoco significa saber exactamente qué hacer cuando la vida se complica. En realidad, muchas veces la resiliencia empieza justo en el punto contrario: cuando no sabemos qué hacer, cuando sentimos que algo nos supera o cuando necesitamos parar porque nuestros recursos habituales ya no son suficientes.


Ser resiliente no es no romperse nunca. Es poder reconocer que algo nos ha afectado, permitirnos sentirlo y, poco a poco, buscar formas de recomponernos. A veces esa recomposición no es elegante ni rápida. Puede incluir días malos, decisiones torpes, conversaciones difíciles, necesidad de ayuda, retrocesos y momentos de mucha vulnerabilidad.


Uno de los errores más frecuentes es confundir resiliencia con fortaleza rígida. Esa idea de “yo puedo con todo”, “no debo venirme abajo” o “tengo que mantenerme fuerte” puede parecer adaptativa durante un tiempo, pero muchas veces termina pasando factura. La verdadera resiliencia no consiste en aguantar indefinidamente, sino en saber cuándo sostener, cuándo descansar, cuándo pedir apoyo y cuándo cambiar de estrategia.


También conviene cuestionar la idea de que la persona resiliente siempre sabe qué hacer. En situaciones de pérdida, incertidumbre, conflicto o crisis personal, es normal no tener claridad inmediata. El cerebro no siempre puede ordenar bien la información cuando está bajo presión emocional. Por eso, en muchos momentos, lo más realista no es exigirnos una solución perfecta, sino dar el siguiente paso posible.


Ese paso puede ser muy pequeño: hablar con alguien, dormir, pedir una cita, escribir lo que sentimos, poner un límite, aplazar una decisión importante o simplemente dejar de luchar contra la emoción durante un rato. A veces avanzar no se parece a avanzar. A veces avanzar es dejar de hacerse daño intentando resolverlo todo de golpe.


La resiliencia también implica flexibilidad. Una persona resiliente no es la que siempre responde igual, sino la que aprende a adaptarse a lo que está viviendo. Hay momentos en los que necesitamos actuar; otros, esperar. Hay situaciones que requieren tomar decisiones firmes; otras, aceptar que no tenemos control sobre todo. Hay etapas en las que toca exponerse y otras en las que conviene protegerse.


Por eso, la resiliencia no debería entenderse como una cualidad heroica, sino como un proceso. No es algo que se tiene o no se tiene de forma absoluta. Se construye con experiencias, vínculos, recursos personales, aprendizajes y también con la capacidad de revisar nuestras propias creencias sobre lo que significa “estar bien”.


A veces una persona se considera poco resiliente porque llora, porque se desborda o porque tarda en recuperarse. Sin embargo, emocionarse no es lo contrario de ser resiliente. El problema no está en sentir, sino en quedarse atrapado sin poder elaborar lo que ocurre. La emoción puede ser parte del proceso de adaptación, no una señal de fracaso.


De hecho, muchas personas que parecen muy fuertes por fuera están funcionando desde la desconexión emocional, la evitación o el control excesivo. Pueden parecer serenas, pero no necesariamente están elaborando lo que les pasa. Y al contrario: alguien que expresa su dolor, pide ayuda y reconoce que no puede solo quizá esté mostrando una forma mucho más sana de resiliencia.


Desde una perspectiva psicológica, la resiliencia tiene más que ver con recuperar capacidad de movimiento que con mantener una calma perfecta. Movimiento emocional, mental y conductual. Poder volver a pensar con algo más de claridad. Poder tomar decisiones con más perspectiva. Poder apoyarse en otros. Poder reconstruir una narrativa de lo ocurrido que no nos deje completamente definidos por el daño.


Esto no significa romantizar el sufrimiento. No todo lo que nos ocurre nos hace más fuertes. Algunas experiencias nos hieren, nos desgastan o nos cambian profundamente. La resiliencia no consiste en convertir cualquier dolor en una lección bonita, sino en intentar que ese dolor no tenga la última palabra sobre nuestra identidad, nuestras decisiones o nuestro futuro.


Por eso, quizá una forma más realista de entender la resiliencia sería esta: no es estar siempre tranquilo, sino poder volver poco a poco a uno mismo después de haberse sentido perdido. No es saber siempre qué hacer, sino aprender a orientarse incluso cuando no hay certezas. No es no necesitar a nadie, sino saber reconocer cuándo necesitamos apoyo.


La resiliencia, en definitiva, no es una postura perfecta ante la vida. Es una capacidad imperfecta, humana y cambiante. A veces se expresa como calma. Otras veces, como valentía. Otras, como pedir ayuda. Y otras, simplemente, como seguir aquí, intentando encontrar una forma más sana de continuar.

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  • Psicologo Alexander
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