El sano hábito de no vivir con prisas
- Alexander García Hernández
- 13 jul
- 5 min de lectura

Vivimos rodeados de mensajes que nos empujan a aprovechar el tiempo, ser productivos, avanzar, responder cuanto antes y no quedarnos atrás. Incluso los momentos de descanso parecen tener que estar bien utilizados: hacer deporte, leer, viajar, aprender algo nuevo o preparar la semana siguiente.
Poco a poco, la prisa puede dejar de ser una respuesta puntual ante una situación concreta y convertirse en una forma habitual de vivir. Comemos rápido, caminamos rápido, contestamos mientras hacemos otra cosa y pensamos en la siguiente tarea antes de haber terminado la actual. A veces, incluso cuando no tenemos ninguna urgencia real, nuestro cuerpo y nuestra mente siguen comportándose como si la tuviéramos.
No vivir con prisas no significa renunciar a las responsabilidades, volverse improductivo ni hacer todo lentamente. Significa aprender a distinguir entre lo que realmente requiere rapidez y aquello que solo hacemos deprisa porque nos hemos acostumbrado a funcionar así.
Cuando la prisa se convierte en un estado permanente
La prisa puede ser útil. Nos activa cuando debemos reaccionar, cumplir un plazo o resolver un problema inmediato. La dificultad aparece cuando ese estado de activación no se apaga. Una persona puede terminar su jornada laboral y seguir sintiendo que debería estar haciendo algo. Puede sentarse a descansar, pero permanecer mentalmente pendiente de los mensajes, las tareas atrasadas o los planes del día siguiente. El cuerpo está quieto, pero la mente continúa corriendo.
En estos casos, la prisa ya no depende únicamente de la cantidad de cosas que tenemos que hacer. También puede estar relacionada con determinadas creencias:
“Si paro, estoy perdiendo el tiempo”.
“Debería poder con todo”.
“Cuanto antes termine, antes podré estar tranquilo”.
“No puedo dejar nada pendiente”.
El problema es que la tranquilidad prometida casi nunca llega. Cuando acabamos una tarea aparece otra, y después otra más. La mente aprende que el descanso solo estará permitido cuando todo esté resuelto, algo que rara vez sucede por completo.
Ir deprisa no siempre significa avanzar más
Existe la idea de que hacer las cosas rápidamente nos permite ganar tiempo. En determinadas situaciones es cierto. Sin embargo, vivir permanentemente acelerados también puede producir el efecto contrario. Cuando vamos con demasiada prisa, cometemos más errores, prestamos menos atención y tomamos decisiones de manera más impulsiva. También podemos necesitar repetir tareas, olvidar información o responder de una forma de la que después nos arrepentimos.
La prisa reduce nuestra capacidad para observar. Nos hace pasar de una actividad a otra sin detenernos a valorar si aquello que estamos haciendo continúa teniendo sentido. Podemos ser muy eficientes y, al mismo tiempo, estar avanzando en una dirección que no hemos elegido conscientemente.
No siempre necesitamos hacer más cosas. En ocasiones necesitamos preguntarnos por qué las hacemos, cuáles son realmente importantes y cuáles mantenemos por costumbre, miedo o exigencia.
La dificultad de estar presentes
La prisa nos coloca constantemente en el futuro. Mientras desayunamos pensamos en el trabajo. Mientras trabajamos pensamos en lo que queda pendiente. Durante el descanso pensamos en que pronto tendremos que volver a empezar. De este modo, cada momento se convierte simplemente en un trámite para llegar al siguiente.
Estar presente no significa mantener una atención perfecta ni disfrutar de cada instante. Hay actividades aburridas, días difíciles y obligaciones que simplemente debemos cumplir. Se trata, más bien, de recuperar la capacidad de estar en lo que estamos haciendo sin anticipar continuamente lo que vendrá después. Cuando conversamos con alguien, escuchar sin preparar mentalmente la respuesta. Cuando caminamos, permitirnos mirar alrededor. Cuando descansamos, no convertir ese descanso en una evaluación sobre si estamos aprovechándolo suficientemente.
Son gestos sencillos, pero no siempre fáciles. Una mente acostumbrada a correr puede interpretar la calma como una sensación extraña, incómoda o incluso amenazante.
¿Por qué nos cuesta tanto parar?
No todas las personas viven con prisas por las mismas razones. En algunos casos existe una sobrecarga real: demasiadas responsabilidades, cuidados familiares, problemas económicos o jornadas laborales exigentes. Sería injusto reducir estas situaciones a una cuestión de actitud.
Pero también hay personas que continúan aceleradas incluso cuando las circunstancias permiten bajar el ritmo. En ellas, la actividad constante puede cumplir una función psicológica.
Mantenerse ocupado puede evitar el contacto con emociones incómodas. Mientras hacemos cosas, tenemos menos espacio para pensar en una pérdida, una preocupación, una relación insatisfactoria o una decisión pendiente. Parar puede hacer que aparezcan preguntas que llevábamos tiempo evitando.
Por eso, aprender a vivir sin prisas no consiste únicamente en organizar mejor la agenda. A veces implica tolerar el silencio, el aburrimiento, la incertidumbre o determinadas emociones que la actividad mantenía temporalmente alejadas.
La calma no debe convertirse en una nueva exigencia
También podemos caer en el extremo contrario: intentar estar siempre tranquilos, controlar perfectamente nuestro ritmo o sentir que estamos haciendo algo mal cuando nos vemos acelerados.
La vida incluye periodos de mayor intensidad. Habrá días de prisas, imprevistos y acumulación de tareas. El objetivo no es eliminar toda aceleración, sino impedir que se convierta en nuestro único modo de funcionamiento. La calma no se alcanza obligándonos a estar calmados. Se construye creando pequeños espacios en los que no sea necesario correr.
Puede comenzar con acciones muy concretas: dejar unos minutos de margen entre dos actividades, no consultar el teléfono mientras comemos, terminar una conversación antes de mirar una notificación o preguntarnos si una tarea es verdaderamente urgente. No se trata de introducir grandes rituales de bienestar, sino de dejar de añadir velocidad innecesaria a lo cotidiano.
Aprender a distinguir lo urgente de lo importante
Muchas cosas parecen urgentes porque llegan acompañadas de una notificación, una llamada o una petición inmediata. Sin embargo, lo importante suele ser menos ruidoso. Cuidar una relación, descansar adecuadamente, pensar antes de tomar una decisión o prestar atención a nuestro estado emocional no siempre exige una respuesta inmediata. Precisamente por eso, puede quedar desplazado por tareas menores que parecen más apremiantes.
Vivir sin prisas requiere aceptar que no todo puede hacerse al mismo tiempo. Elegir implica dejar algo para después, hacerlo de manera menos perfecta o incluso decidir que no merece nuestra energía.
Esto puede generar cierta incomodidad, especialmente en personas muy responsables o exigentes consigo mismas. Pero aprender a priorizar no consiste en encontrar una forma de llegar a todo. Consiste en asumir que llegar a todo no es posible ni necesariamente deseable.
Recuperar una relación más saludable con el tiempo
Cuando vivimos con prisa, sentimos que el tiempo siempre falta. Lo perseguimos, intentamos ahorrarlo y nos frustramos cuando algo altera nuestros planes. Una relación más saludable con el tiempo no significa disponer de horas ilimitadas. Significa dejar de tratar cada minuto como un recurso que debe producir algún resultado.
También necesitamos momentos que no sirvan para nada concreto: conversaciones sin objetivo, paseos sin destino, pausas, esperas o actividades realizadas únicamente porque nos resultan agradables. Estos momentos no son tiempo perdido. Son parte de una vida que no se limita a completar tareas.
Quizá el verdadero hábito saludable no sea hacer todo más despacio, sino preguntarnos con mayor frecuencia: “¿Realmente necesito correr ahora?”.
En muchas ocasiones, la respuesta será que no. Y cuando dejamos de correr sin necesidad, no solo cambia nuestra manera de utilizar el tiempo. También cambia nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con la vida que está ocurriendo mientras intentamos llegar a la siguiente cosa.




