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Cómo recuperar el deseo sexual en la pareja

hace 4 días
6 min de lectura

El deseo sexual puede cambiar a lo largo de una relación. A veces disminuye poco a poco; otras, coincide con una etapa de estrés, una enfermedad o cambios importantes en la vida. Cuando ocurre, pueden aparecer preguntas dolorosas: «¿Ya no le atraigo?», «¿Nos estamos alejando?» o «¿Por qué no tengo ganas si quiero a mi pareja?».


Recuperar el deseo empieza por comprender qué está pasando y qué necesita cada persona para vivir la intimidad con comodidad. Convertir cada encuentro en una prueba de amor o de funcionamiento sexual añade una exigencia difícil de sostener.


También conviene distinguir entre una disminución del deseo y una diferencia de ritmos. Tener menos ganas que la pareja no implica por sí solo un trastorno. Lo relevante es el malestar que existe y cómo se está viviendo esa diferencia.


Por qué puede disminuir el deseo sexual


El deseo depende de factores físicos, psicológicos y relacionales. Pueden influir el estrés, la ansiedad, la depresión y el cansancio, así como los conflictos de pareja. El embarazo, el posparto y la menopausia también pueden modificar la experiencia sexual. Algunas enfermedades y determinados medicamentos, incluidos ciertos antidepresivos, pueden afectar a la libido.


Para entender vuestra situación, podéis preguntaros cuándo comenzó el cambio y qué estaba ocurriendo entonces. ¿Faltaba descanso? ¿Había discusiones pendientes? ¿Los encuentros habían dejado de resultar agradables? ¿El deseo ha disminuido en general o aparece en algunos contextos y en otros no?


Si el interés se mantiene a solas, ese dato puede ayudar a explorar diferencias en el contexto, la estimulación o la presión percibida. Por sí solo no demuestra que haya dejado de existir atracción por la pareja.


Conviene mirar también la experiencia sexual concreta. Si alguien teme que el encuentro le duela, resulte incómodo o termine en una discusión, es necesario atender esas dificultades. Pedirle simplemente que tenga más iniciativa deja fuera una parte importante del problema.


Comprender el deseo que aparece durante el acercamiento


A menudo imaginamos que primero deben aparecer las ganas y después el contacto. Sin embargo, algunas personas experimentan un deseo más responsivo: el interés sexual puede surgir durante un acercamiento que han elegido libremente y que les resulta agradable. Un beso o unas caricias pueden despertar curiosidad, aunque antes no existiera un impulso sexual intenso.


Esto no significa empezar algo que se rechaza ni aguantar esperando que aparezcan las ganas. La disposición a explorar debe ser voluntaria y puede cambiar en cualquier momento. Si no aparece deseo o alguien quiere parar, se respeta. El deseo responsivo es una posibilidad, nunca una garantía ni un argumento para insistir.


Hablar del tema con preguntas concretas


Elegid un momento tranquilo, fuera de un encuentro sexual y de una discusión. Podéis comenzar expresando qué echáis de menos y mostrando interés por la experiencia de la otra persona: «Echo de menos nuestra intimidad y me gustaría entender cómo la estás viviendo».


Después, haced preguntas que permitan conocer necesidades reales: «¿Hay algo en nuestros acercamientos que te incomode?», «¿Qué tipo de contacto te apetece ahora?» o «¿Cuándo te resulta más fácil desconectar y disfrutar?».


Escuchar implica dejar espacio a respuestas que quizá no esperabais. Que alguien necesite más tiempo, otra forma de contacto o menos frecuencia no invalida lo que siente su pareja.


Interrumpir el ciclo de presión y retirada


En algunas parejas, una persona busca más contacto porque se siente rechazada, mientras la otra se distancia porque vive esos acercamientos como una demanda. Con el tiempo, hasta un abrazo puede generar tensión si se interpreta como el inicio inevitable de una relación sexual.


Podéis acordar que los gestos de cariño tengan valor por sí mismos. También ayuda revisar cómo se responde a una negativa: expresar decepción es distinto de recurrir al reproche, al silencio punitivo o a la insistencia. La diferencia de deseo necesita abordarse teniendo en cuenta la dinámica de ambos.


Una frase concreta para aclarar la intención sería: «Me apetece abrazarte un rato y quedarme ahí». Para que ese acuerdo resulte creíble, lo que ocurra después debe respetarlo.


Atender los conflictos que siguen pendientes


Si hay resentimiento o desconfianza, conviene dedicarles un espacio propio. Preguntaos si alguno sigue dolido por algo que no se ha reconocido o si existen acuerdos que se incumplen de forma repetida.


Podéis empezar por un episodio concreto: explicar qué ocurrió, escuchar cómo afectó a la otra persona y acordar qué conducta tendría que cambiar. «Necesito que me avises cuando no puedas cumplir lo que acordamos» permite trabajar sobre algo observable. Si estas conversaciones se convierten enseguida en ataques o reproches, puede ser útil abordarlas en terapia.


La reparación necesita hechos sostenidos y tiempo. Tampoco permite exigir deseo como señal de que el conflicto ya está resuelto.


Revisar las condiciones de vuestra vida cotidiana


Pensad en el momento en que intentáis encontraros. Si siempre llega después de una jornada agotadora, cuando aún quedan tareas por hacer, quizá estáis reservando a la intimidad el tiempo de menor disponibilidad.


Podéis probar un cambio pequeño: adelantar el encuentro, dejar los móviles en otra habitación o proteger un rato en el que no haya que resolver asuntos domésticos. Si las responsabilidades están desequilibradas, revisad quién se ocupa de qué, incluida la organización y la planificación.


Compartir responsabilidades forma parte del cuidado de la relación y del bienestar de cada persona. No genera una deuda sexual. Un acuerdo útil sería: «Vamos a repartir estas tareas porque ambos necesitamos descanso», sin vincularlo a la expectativa de tener sexo después.


Dar espacio al placer y a las preferencias actuales


Preguntad qué os gusta ahora. Algunas preferencias se mantienen y otras cambian; conocer a la pareja desde hace años no permite adivinar todas sus necesidades actuales.


Podéis hablar de los ritmos que os resultan agradables, de las formas de iniciar un acercamiento o de aquello que se repite por costumbre y ha perdido interés. Una petición como «Me gustaría que fuéramos más despacio» ofrece una orientación que la otra persona puede comprender y poner en práctica.


También podéis ampliar vuestra idea de intimidad. Besarse, acariciarse o disfrutar de otras prácticas consensuadas pueden constituir un encuentro completo. Si ambos sentís curiosidad, una pequeña variación puede ser una propuesta para explorar. No hace falta aceptar prácticas incómodas para demostrar interés.


Reservar tiempo con libertad para decidir


Cuando cuesta encontrar un momento, podéis reservar un espacio de cercanía. Planificarlo puede facilitar que ocurra, siempre que ambos entendáis que la cita no obliga a mantener relaciones sexuales.


Por ejemplo: «El sábado por la tarde podemos estar un rato juntos, sin pantallas, y ver qué nos apetece». Ese tiempo puede incluir conversación, contacto físico o simplemente compañía. Si alguien está agotado o no quiere acercamiento, el acuerdo se revisa sin penalizaciones.


Evitad comprobar constantemente si la experiencia está funcionando. Una pregunta al terminar, como «¿Qué te ha resultado cómodo?», puede aportar más información que exigir una valoración del deseo o del rendimiento.


Un ejercicio de contacto sin exigencias


Si a ambos os apetece, podéis probar una versión breve inspirada en la focalización sensorial, una técnica utilizada en terapia sexual. Esta propuesta es una primera aproximación y no equivale a un tratamiento completo.

  1. Buscad un momento tranquilo. Acordad unos diez o quince minutos, con libertad para terminar antes.

  2. Elegid zonas de contacto que os resulten cómodas, como manos, brazos o espalda. Podéis mantener la ropa. Para este ejercicio, dejad fuera el contacto genital y en el pecho, así como la intención de continuar hacia otras prácticas sexuales.

  3. Una persona acaricia y la otra recibe; después podéis intercambiar los papeles. Prestad atención a la temperatura, la presión y las sensaciones, sin intentar provocar excitación ni evaluar el resultado.

  4. Comunicad cualquier incomodidad y ajustad o detened el contacto. Al terminar, compartid qué habéis notado y qué cambiaríais.


Si aparece excitación, podéis notarla sin modificar el acuerdo inicial. El ejercicio también puede tener sentido aunque no aparezca deseo.


Cuándo buscar ayuda profesional


Conviene consultar si el cambio os preocupa, persiste o está generando malestar. Si hay dolor, sequedad, dificultades de erección, un cambio brusco o sospechas de que un medicamento influye, es recomendable una valoración sanitaria. No suspendas ni modifiques un tratamiento por tu cuenta.


En una intervención psicológica se puede explorar qué significado tiene la dificultad para cada persona, cómo estáis hablando de ella y qué situaciones la mantienen. El trabajo puede incluir comunicación, expectativas sexuales y conflictos pendientes, adaptando las propuestas a lo que ambos queréis y podéis hacer.


Si existen miedo, coacción o violencia, la prioridad es la seguridad y el apoyo individual. Los ejercicios de acercamiento requieren libertad real para aceptar o rechazar el contacto.


El primer cambio puede ser poder hablar del tema sin discutir, volver a disfrutar de una caricia o expresar un límite con tranquilidad. Esos avances permiten valorar qué relación íntima queréis construir y qué apoyo necesitáis.


En consulta ofrecemos terapia individual y de pareja para comprender estas dificultades y trabajar sobre las necesidades de cada persona. Si estáis atravesando esta situación, podéis pedir una primera sesión para valorar vuestro caso.

  • Psicologo Alexander
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