top of page
Buscar

Cuando tu mente no te cuenta toda la verdad: los sesgos del pensamiento


Nuestra mente interpreta constantemente lo que sucede. Intenta comprender las intenciones de los demás, anticipar posibles problemas y tomar decisiones con rapidez. Sin embargo, no analiza cada situación de manera completamente objetiva. Para ahorrar tiempo y esfuerzo, utiliza atajos mentales que simplifican la realidad. Estos atajos reciben el nombre de sesgos cognitivos.


Los sesgos no indican que una persona sea poco inteligente o que esté razonando mal de forma voluntaria. Forman parte del funcionamiento normal del cerebro y todos estamos expuestos a ellos. El problema aparece cuando condicionan repetidamente nuestra forma de interpretar lo que vivimos, reforzando preocupaciones, inseguridades o decisiones que no se corresponden del todo con la realidad.


No vemos las cosas exactamente como son


Solemos pensar que primero observamos una situación y después reaccionamos ante ella. En realidad, entre lo que ocurre y nuestra respuesta existe un proceso de interpretación.


Imaginemos que enviamos un mensaje importante y la otra persona tarda varias horas en responder. El hecho objetivo es sencillo: todavía no hemos recibido respuesta. Sin embargo, nuestra mente puede completar la información que falta: “Se ha enfadado conmigo”, “he dicho algo inapropiado” o “ya no le importo”.


La emoción que aparezca dependerá en buena medida de esa interpretación. Si pensamos que la otra persona está ocupada, probablemente podamos esperar con cierta tranquilidad. Si interpretamos su silencio como un rechazo, es más probable que sintamos ansiedad, tristeza o enfado.


Esto no significa que todo esté “en nuestra cabeza” ni que las preocupaciones nunca sean razonables. Significa que una parte importante de nuestro malestar puede depender de conclusiones que todavía no hemos comprobado.


El sesgo de confirmación: buscar aquello que nos da la razón


Cuando tenemos una creencia, solemos prestar más atención a la información que la confirma y restar importancia a la que la contradice. Es lo que conocemos como sesgo de confirmación.


Una persona que piensa que cae mal a los demás puede fijarse especialmente en quien no la saluda, pero pasar por alto las conversaciones agradables que ha mantenido durante el día. Alguien convencido de que su pareja está perdiendo el interés puede interpretar un momento de cansancio como una prueba de distanciamiento, mientras considera irrelevantes otras muestras de afecto. Poco a poco, la creencia parece acumular evidencias. Sin embargo, no siempre estamos reuniendo toda la información disponible: podemos estar seleccionando, sin darnos cuenta, aquella que encaja mejor con lo que ya pensábamos.


Esta tendencia también explica por qué resulta tan difícil cambiar algunas ideas sobre nosotros mismos. Si una persona se considera incapaz, recordará con facilidad sus errores y atribuirá sus logros a la suerte, a la ayuda de otros o a que la tarea era sencilla.


El sesgo de negatividad: cuando lo malo pesa más


Nuestro cerebro tiende a detectar y recordar con mayor intensidad aquello que puede representar una amenaza. Desde una perspectiva evolutiva, prestar atención al peligro resultaba útil para sobrevivir. En la vida cotidiana, sin embargo, esta inclinación puede provocar que una experiencia negativa termine eclipsando muchas otras positivas.


Podemos recibir varios comentarios favorables sobre nuestro trabajo y quedarnos pensando durante horas en una única crítica. También podemos tener una conversación agradable y centrar toda nuestra atención en una frase que nos resultó incómoda.


No se trata de ignorar los problemas ni de obligarnos a verlo todo de forma positiva. Una crítica puede contener información valiosa y una situación difícil merece ser atendida. La cuestión es comprobar si le estamos concediendo un peso proporcionado o si nuestra mente está convirtiendo una parte de la experiencia en la totalidad.


Dar por hecho lo que piensan los demás


Otro fenómeno frecuente consiste en creer que sabemos lo que otra persona está pensando. Interpretamos una mirada, un gesto o una respuesta breve y llegamos rápidamente a una conclusión: “Está decepcionado conmigo”, “piensa que soy incompetente” o “seguro que le ha molestado lo que he dicho”.


En muchas ocasiones, estas conclusiones se construyen a partir de nuestros propios temores. Si nos preocupa cometer errores, detectaremos con mayor facilidad señales que parezcan confirmar que los demás nos juzgan. El resultado puede ser paradójico: evitamos preguntar, nos mostramos más tensos o nos alejamos de la relación y, al hacerlo, nunca llegamos a comprobar nuestra interpretación.


Reconocer este sesgo no implica asumir que siempre estamos equivocados. A veces percibimos correctamente el malestar de otra persona. La diferencia está entre plantear una posibilidad y tratarla como un hecho demostrado.


Cuando una posibilidad se transforma en una certeza


En los periodos de ansiedad, la mente intenta adelantarse a lo que podría salir mal. Un pequeño síntoma físico puede interpretarse como una enfermedad grave; un error laboral, como el inicio de un despido; una discusión de pareja, como la prueba de que la relación está condenada.


En este punto conviene distinguir dos conceptos relacionados. Los sesgos cognitivos son tendencias generales que influyen en cómo seleccionamos e interpretamos la información. Las distorsiones cognitivas, como el catastrofismo o el pensamiento de “todo o nada”, son formas concretas y rígidas de organizar nuestros pensamientos. En la práctica pueden aparecer juntas y reforzarse mutuamente.


El problema no es imaginar que algo negativo podría ocurrir. Anticipar dificultades puede ayudarnos a prepararnos. El problema surge cuando confundimos lo posible con lo probable y lo probable con lo inevitable.


¿Podemos pensar de una forma más objetiva?


El objetivo no es eliminar todos nuestros sesgos, algo probablemente imposible, sino aprender a reconocerlos antes de actuar impulsivamente desde ellos. Una primera pregunta útil es: “¿Qué parte de esto es un hecho y qué parte es mi interpretación?” Separar ambos elementos reduce la sensación de certeza que acompaña a algunos pensamientos.


También podemos preguntarnos qué información estamos dejando fuera, qué pruebas cuestionan nuestra primera conclusión o qué otras explicaciones serían razonables. Si una persona no responde a un mensaje, el enfado o la falta de interés son posibilidades, pero no son las únicas.


Otra estrategia consiste en imaginar qué le diríamos a alguien cercano que estuviera interpretando la situación del mismo modo. Con frecuencia somos capaces de introducir matices en los problemas ajenos que no aplicamos a los propios.


Cuando estamos emocionalmente activados, además, puede ser conveniente aplazar ciertas conclusiones. La ansiedad, el enfado o la tristeza influyen en aquello a lo que prestamos atención y en los recuerdos que recuperamos. Esperar a que disminuya la intensidad emocional no resuelve automáticamente el problema, pero puede permitirnos analizarlo con mayor perspectiva.


Pensar mejor no significa pensar en positivo


Cuestionar nuestros sesgos no consiste en sustituir cualquier pensamiento negativo por uno agradable. Decirnos que “todo va a salir bien” puede ser tan poco realista como asumir que todo terminará mal.


Pensar de una manera más equilibrada significa tolerar cierta incertidumbre, considerar diferentes posibilidades y ajustar nuestras conclusiones a las pruebas disponibles. En ocasiones confirmaremos que existe un problema real y tendremos que afrontarlo. En otras, descubriremos que hemos reaccionado ante una interpretación que parecía convincente, pero que no era la única posible.


Nuestra mente siempre intentará completar la información que falta. No podemos impedir que genere conclusiones rápidas, pero sí podemos decidir cuánto crédito les concedemos. Entre creer automáticamente todo lo que pensamos e ignorar nuestras preocupaciones existe un espacio más útil: observar, contrastar y elegir cómo queremos responder.

  • Psicologo Alexander
bottom of page