Ya no tenemos sexo: ¿crisis o final? Una oportunidad para reconectar desde lo profundo
- Alexander García Hernández
- 5 jun
- 3 Min. de lectura

El tabú silencioso
"Ya no tenemos sexo." Esta frase, que tantas parejas comparten en voz baja o incluso evitan pronunciar, puede generar una sensación de alarma, de final inminente. Sin embargo, la desaparición del deseo sexual en una relación no siempre es una señal de ruptura. A veces, es una llamada a parar, revisar, entender y crecer.
En consulta, este tema aparece con frecuencia. Y no es casual: vivimos en una sociedad hiperestimulada, con modelos sexuales irreales y escaso espacio para la intimidad real. El deseo no es una constante; fluctúa, se esconde, cambia de forma. Comprenderlo es el primer paso para abordarlo.
Cuando el deseo se apaga: más allá de la frecuencia
No todas las parejas atraviesan la ausencia de deseo de la misma manera. Algunas experimentan una baja frecuencia sexual sin conflicto; otras viven una desconexión intensa, donde el sexo se convierte en un territorio tenso o directamente evitado.
Las causas pueden ser muy diversas:
Vitales: cambios hormonales, maternidad/paternidad, fatiga crónica, enfermedades, medicación.
Emocionales: resentimiento, falta de comunicación, heridas no resueltas, sensación de injusticia emocional.
Relacionales: rutina, ausencia de juego o novedad, roles fijados que asfixian el deseo.
Personales: vivencias traumáticas, autoimagen deteriorada, historia sexual con culpa o rigidez.
El deseo no desaparece sin motivo. Generalmente, es una consecuencia, no un problema en sí mismo.
El sexo como síntoma
Cuando el sexo se apaga, no siempre es porque “algo va mal en la cama”, sino porque hay algo que necesita ser escuchado fuera de ella. En muchas ocasiones, el problema sexual es sólo la manifestación de una desvinculación emocional más profunda, de una comunicación rota o de una historia personal no elaborada.
Puede reflejar:
Una herida emocional sin nombre.
Un reparto desigual de las responsabilidades o del afecto.
Una tensión acumulada que nadie se atreve a nombrar.
El deseo se alimenta de libertad, seguridad y novedad. Y estos ingredientes rara vez florecen en un clima de tensión o frialdad emocional.
La oportunidad que se esconde en la crisis
A pesar de la angustia que genera, este tipo de crisis puede ser una auténtica oportunidad para revisar el vínculo. No para volver a tener sexo como antes, sino para redescubrirse desde otro lugar.
Este periodo puede abrir la puerta a:
Redefinir la sexualidad compartida, ampliando el concepto de intimidad.
Reconectar emocionalmente, sin exigir respuestas inmediatas al cuerpo.
Explorar heridas antiguas que estaban silenciadas bajo la rutina.
Revisar la narrativa sexual de la pareja, y también la propia.
La crisis no siempre destruye el vínculo; muchas veces lo transforma.
Claves terapéuticas: por dónde empezar
Hablar sin juicio: el deseo es vulnerable al reproche. Crear un espacio para hablar del tema sin culpabilizar es un acto de valentía emocional.
Reconectar desde lo emocional: muchas veces, intentar forzar encuentros sexuales sin un vínculo afectivo consolidado genera más distancia. Empezar por compartir tiempo, risas, recuerdos, puede ser más eficaz que buscar "sexo espontáneo".
Explorar el mapa del deseo: qué significa para cada uno el deseo, cómo se manifiesta, qué lo bloquea, qué lo activa. Cada pareja necesita un lenguaje propio.
Consultar a un profesional si el tema genera sufrimiento, evita ser hablado o si la sexualidad está cargada de conflicto interno (autoestima, trauma, identidad).
Conclusión: cuando el silencio sexual habla
La ausencia de sexo en una pareja no es una condena. Es, muchas veces, una forma de gritar lo que no se dice. Si se sabe escuchar, puede convertirse en el inicio de una nueva etapa, más consciente, más libre y más conectada.
No siempre se trata de volver a desear como antes, sino de descubrir una forma de intimidad que hoy tenga sentido.





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