El aburrimiento en los jóvenes: ¿problema real o incapacidad para sostener el vacío?
- Alexander García Hernández
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura

En consulta cada vez escucho más una frase que, a primera vista, parece inofensiva: “Me aburro”. No lo dicen enfadados. No lo dicen tristes. Lo dicen con una mezcla de apatía y desconexión. Como si el mundo fuera plano. Como si nada terminara de engancharles. Y ahí es donde empieza lo interesante. Porque el aburrimiento no es nuevo. Siempre ha existido. Lo que sí parece diferente es la forma en que se vive. Antes, aburrirse era una pausa. Ahora, para muchos jóvenes, es casi una amenaza.
Vivimos en una época en la que la estimulación es constante. Pantallas, vídeos cortos, videojuegos, redes sociales, recompensas inmediatas. El cerebro se acostumbra a una intensidad continua. A picos frecuentes de novedad y gratificación. Cuando esa intensidad baja —al estudiar, al entrenar, al hacer tareas en casa o simplemente al estar sin hacer nada— aparece una sensación extraña: “esto no me llena”.
No es que la vida sea más aburrida. Es que el umbral de estimulación ha cambiado. Pero reducirlo todo a la tecnología sería simplificar demasiado.
En terapia, muchas veces cuando exploramos un poco más, el “me aburro” empieza a transformarse. A veces se convierte en “no quiero hacerlo porque creo que no me va a salir bien”. O en “no me apetece esforzarme porque me frustro rápido”. O incluso en “me siento vacío y no sé por qué”.
El aburrimiento es una palabra cómoda. Socialmente neutra. No implica debilidad. No implica tristeza. Pero en algunos casos encubre miedo al fracaso, inseguridad, evitación del esfuerzo o incluso los primeros indicios de un estado depresivo.
Aquí conviene ser prudentes. No todo adolescente que se aburre está deprimido. Pero tampoco todo aburrimiento es banal.
Hay jóvenes que han perdido interés en actividades que antes disfrutaban. Otros que parecen necesitar una estimulación constante para no sentirse inquietos. Y otros que, sencillamente, no han aprendido a tolerar la incomodidad del vacío. Porque el aburrimiento, bien entendido, es una emoción útil. Nos indica que algo no nos está aportando suficiente significado. Nos empuja a movernos, a crear, a buscar alternativas. El problema surge cuando el joven no sabe qué hacer con esa sensación y necesita apagarla inmediatamente.
Si cada vez que aparece el mínimo vacío lo llenamos con distracción, el cerebro no aprende a sostenerlo. Y entonces el aburrimiento se vuelve insoportable. Curiosamente, muchos procesos creativos nacen precisamente ahí, en ese espacio sin estímulo. Cuando no hay nada que hacer, la mente empieza a producir contenido propio. Pensamientos, ideas, fantasía, proyectos. Pero para que eso ocurra, hay que atravesar primero esa fase incómoda. Y esa es una capacidad que se entrena.
En consulta suelo trabajar algo que puede resultar contraintuitivo: no eliminar el aburrimiento, sino entenderlo. Preguntar qué hay debajo. Diferenciar si es falta de sentido, miedo al esfuerzo, ansiedad, o simplemente una dificultad para tolerar la normalidad de la vida cotidiana, que no siempre es emocionante.
También es importante que los adultos revisemos algo incómodo: ¿estamos intentando evitar que nuestros hijos se aburran a toda costa? ¿Les llenamos cada minuto? ¿Resolvemos rápido su incomodidad?
A veces acompañar no es entretener. Es sostener. Es permitir que el joven experimente el vacío sin rescatarle inmediatamente. El aburrimiento en sí mismo no es el problema. El problema es no saber qué hacer cuando aparece.
Quizá el reto actual no sea ofrecer más estímulo, sino enseñar a convivir con menos. Recuperar el valor del esfuerzo sostenido. Entender que la motivación muchas veces no precede a la acción, sino que aparece después de empezar.
Y, sobre todo, aprender que el vacío no siempre es una señal de que algo va mal.
A veces es simplemente el espacio previo a que algo nuevo pueda construirse.





Comentarios