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Gestionar la incertidumbre: aprender a vivir sin tenerlo todo bajo control

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Introducción


Vivimos en una época que nos exige respuestas rápidas, planes definidos y resultados medibles. Sin embargo, la realidad no siempre se ajusta a esa necesidad de control. La incertidumbre forma parte inevitable de la vida: no saber si un proyecto saldrá bien, cómo evolucionará una relación o qué pasará con nuestra salud o nuestro trabajo.


En consulta, este tema aparece con frecuencia, especialmente en personas que sienten ansiedad ante lo imprevisible. Aprender a gestionar la incertidumbre no significa resignarse, sino desarrollar una actitud flexible que nos permita avanzar incluso sin garantías absolutas.


Cuando la mente busca certezas


Nuestro cerebro está diseñado para anticipar y reducir riesgos. Esa capacidad de previsión ha sido clave para la supervivencia humana, pero en la vida moderna puede volverse en nuestra contra.


Cuando intentamos controlar todo lo que escapa a nuestro alcance, la mente entra en bucle: analiza, duda, imagina escenarios, repite “¿y si…?” sin descanso. Este patrón cognitivo, conocido como preocupación anticipatoria, acaba generando más ansiedad que soluciones.


Desde la terapia cognitivo-conductual lo abordamos ayudando a la persona a identificar esos pensamientos de control y a aprender a tolerar el no saber, en lugar de combatirlo.


La evitación como trampa


Muchas veces respondemos a la incertidumbre evitando aquello que la provoca: no tomar decisiones, retrasar proyectos o sobreprepararnos. Pero cada intento de evitar el malestar refuerza la idea de que no somos capaces de afrontarlo.


En terapia, trabajamos este círculo vicioso mediante exposición gradual a la incertidumbre. Pequeños retos cotidianos —no revisar el correo constantemente, permitir que algo quede sin planificar— ayudan a que el sistema nervioso aprenda que no pasa nada grave al soltar el control.


Aceptar no saberlo todo


Aceptar la incertidumbre no implica pasividad, sino confianza en la propia capacidad de adaptación. Es una habilidad que se entrena. Desde los enfoques centrados en la emoción, invitamos a reconocer el miedo o la inseguridad sin rechazarlos, comprendiendo que forman parte de cualquier proceso de cambio.


Practicar la autocompasión, establecer rutinas realistas y centrarse en el presente son estrategias que fortalecen la sensación de estabilidad interna incluso en contextos cambiantes.


Una invitación a confiar en el proceso


Gestionar la incertidumbre es, en el fondo, una forma de madurez psicológica: aceptar que no podemos controlar el futuro, pero sí nuestra forma de responder ante él. La calma no llega cuando todo está bajo control, sino cuando aprendemos a seguir adelante sin tenerlo todo claro.

Comentarios


  • Psicologo Alexander
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