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“Estoy cansado”: cuando el agotamiento se convierte en identidad

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Introducción


Cada vez escuchamos más frases como “no puedo más”, “estoy agotado” o “no me da la vida”. El cansancio parece haberse convertido en una especie de emblema moderno, casi una forma de definirse. Pero, ¿qué ocurre cuando decir “estoy cansado” deja de describir un estado físico puntual y se transforma en una forma de estar en el mundo?


El cansancio como discurso cotidiano


En consulta, es habitual que las personas lleguen con una sensación de agotamiento difuso. No siempre se trata de falta de sueño ni de exceso de trabajo, sino de una fatiga más profunda: emocional, cognitiva y existencial. Decir constantemente “estoy cansado” actúa como un marco mental que condiciona la percepción. Si cada día nos definimos desde el cansancio, el cerebro empieza a filtrar la realidad bajo ese prisma: cualquier esfuerzo se percibe como excesivo, cualquier pausa resulta insuficiente.


Además, en nuestra cultura se ha normalizado el agotamiento como sinónimo de responsabilidad o compromiso. Estar cansado se ha vuelto casi un sello de productividad, una forma de decir “estoy dando todo de mí”, aunque el precio sea la desconexión emocional y la falta de disfrute.


Las consecuencias psicológicas de “vivir cansado”


Cuando el cansancio se cronifica y se verbaliza constantemente, se refuerzan varios mecanismos psicológicos:


  • Autopercepción negativa: la mente integra la fatiga como rasgo identitario, generando la sensación de no tener energía nunca suficiente.

  • Desmotivación progresiva: el foco se desplaza del sentido de lo que hacemos al mero esfuerzo de sostenerlo.

  • Aislamiento emocional: el cansancio constante impide conectar con lo que nos ilusiona, limitando la capacidad de disfrutar.

  • Reforzamiento de pensamientos pesimistas: el lenguaje interno (“estoy cansado”, “no puedo más”) actúa como un bucle que amplifica la fatiga.


En otras palabras, no solo nos sentimos cansados: empezamos a ser cansancio.


Romper el ciclo


El primer paso es dejar de reforzar esa narrativa. Sustituir “estoy cansado” por descripciones más ajustadas (“necesito desconectar un rato”, “me vendría bien descansar”) ayuda a devolver al cansancio su lugar: una señal fisiológica y no una identidad. También conviene revisar hábitos de descanso, pero sobre todo, preguntarse de qué estamos cansados. A menudo, no es de trabajar o madrugar, sino de sostener un modo de vida que no encaja con nuestras necesidades.


En terapia, este cambio se trabaja desde la conciencia corporal, la gestión de la autoexigencia y la reconexión con actividades que nutren. No se trata de eliminar el cansancio, sino de evitar que monopolice nuestra identidad.


Conclusión


Decir “estoy cansado” no debería ser una bandera ni una excusa, sino una llamada a revisar el equilibrio. El cuerpo y la mente no nos piden rendición, sino atención. Tal vez no estemos tan cansados de hacer cosas, sino de hacerlas sin sentido. Recuperar el sentido es, en realidad, la mejor forma de descansar.


Comentarios


  • Psicologo Alexander
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