El valor del esfuerzo: una tarea psicológica pendiente
- Alexander García Hernández
- 27 oct
- 3 Min. de lectura

Vivimos en una época en la que todo parece tener que ser fácil, rápido y placentero. Desde las redes sociales hasta la publicidad, el mensaje es claro: si algo cuesta, probablemente no merece la pena. Pero, ¿y si justo lo contrario fuera cierto? ¿Y si la capacidad de esforzarse —esa constancia silenciosa que nos hace avanzar incluso cuando no hay resultados inmediatos— fuera uno de los pilares más importantes de la salud mental?
En consulta, es cada vez más frecuente encontrar personas que se frustran ante la mínima dificultad, que se sienten bloqueadas cuando el progreso no es visible de inmediato o que buscan soluciones rápidas a problemas complejos. La falta de hábito en el esfuerzo sostenido no solo debilita la motivación, sino que también empobrece la autoestima y la capacidad de regular las emociones.
Cuando el esfuerzo desaparece de la ecuación
El esfuerzo es, en esencia, una forma de compromiso con uno mismo. Implica tolerar la incomodidad, sostener la atención en un objetivo y postergar la gratificación. Sin embargo, muchos pacientes asocian el esfuerzo con algo negativo: una carga, una señal de debilidad o un síntoma de que algo “no funciona como debería”.
En parte, esto es fruto de una cultura que sobrevalora el resultado y olvida el proceso. Hemos aprendido a admirar los logros visibles —el cuerpo en forma, el éxito laboral, la felicidad en redes— sin ver la disciplina y la constancia que hay detrás. Este sesgo genera una falsa expectativa: la de que la vida debe fluir sin resistencia. Cuando eso no ocurre, la persona se siente defectuosa o ineficaz.
En terapia, este fenómeno se traduce en desánimo, evitación o abandono. El paciente que busca sentirse mejor sin pasar por la incomodidad del cambio acaba reforzando la misma conducta que le mantiene estancado.
Esfuerzo y salud psicológica
Desde un punto de vista clínico, el esfuerzo está íntimamente ligado a la autoeficacia: la creencia de que uno puede influir en los resultados a través de sus propias acciones. Cuando una persona ve que su esfuerzo tiene consecuencias, su sensación de control aumenta. Cuando se acostumbra a renunciar, su control se diluye y aparece la indefensión.
El esfuerzo también está relacionado con la tolerancia a la frustración, esa capacidad de sostener el malestar sin rendirse. La psicología cognitivo-conductual ha demostrado que quienes aprenden a afrontar el disconfort (y no a evitarlo) desarrollan una mayor resiliencia. En otras palabras, esforzarse no solo mejora el rendimiento: también fortalece la estructura emocional que permite vivir con mayor estabilidad.
Lo que se observa en consulta
Muchos problemas actuales —procrastinación, falta de motivación, dependencia emocional o incluso cuadros depresivos leves— tienen en común una misma raíz: la dificultad para mantener el esfuerzo cuando no hay refuerzo inmediato.
Algunos ejemplos habituales:
Pacientes que abandonan el tratamiento cuando no sienten mejoras rápidas.
Adolescentes que interpretan el esfuerzo como un signo de “no servir para algo”.
Adultos que comparan su progreso con los demás y se sienten siempre detrás.
En todos estos casos, la terapia no solo busca aliviar el malestar, sino también reeducar la relación con el esfuerzo: aprender que el avance sostenido, aunque invisible, tiene un valor psicológico profundo.
Estrategias terapéuticas para cultivar el esfuerzo
Reforzar el proceso, no solo el resultado. Aplaudir la constancia, la implicación y la capacidad de mantenerse en el camino, incluso cuando el cambio es mínimo.
Descomponer metas. Fraccionar los objetivos en pasos alcanzables reduce la ansiedad y facilita la sensación de progreso.
Normalizar la incomodidad. Enseñar que el malestar forma parte del cambio. No es un fallo del proceso, sino una señal de crecimiento.
Favorecer la autoobservación. Llevar registro de pequeñas victorias o momentos de disciplina genera evidencia interna de eficacia.
Conectar esfuerzo con sentido. Es más fácil sostener la constancia cuando hay un propósito claro detrás.
Recuperar el valor del esfuerzo
En un mundo que confunde el bienestar con la comodidad, el esfuerzo se ha convertido en un acto contracultural. No se trata de glorificar el sufrimiento, sino de reconocer que el crecimiento personal —y psicológico— requiere implicación, paciencia y constancia.
Como psicólogos, nuestra tarea no es eliminar el esfuerzo del proceso terapéutico, sino enseñarle al paciente a convivir con él. A entender que cada pequeño paso, incluso el que parece insignificante, es una forma de afirmarse en el mundo.
Porque al final, el verdadero cambio no ocurre cuando todo resulta fácil, sino cuando aprendemos a seguir adelante incluso cuando no lo es.





Comentarios