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Combatir la pereza en adolescentes: cuando el problema no es la falta de ganas


Hay una escena que se repite en muchas casas: un adolescente tumbado en la cama, el móvil en la mano, deberes sin tocar y una sensación generalizada de “no hace nada”. La palabra pereza aparece rápido. A veces demasiado rápido.


Y aquí conviene detenerse, porque la mayoría de las veces no estamos hablando de pereza, sino de algo más complejo y, sobre todo, más entrenable.


Desde fuera puede parecer desinterés, dejadez o pasotismo. Desde dentro, muchos adolescentes viven otra cosa muy distinta: saturación, bloqueo, cansancio mental o una sensación difusa de “haga lo que haga, nunca es suficiente”.


Llamar a todo eso pereza es comprensible, pero suele ser poco útil.


Lo que solemos confundir con pereza


En consulta es habitual encontrar adolescentes etiquetados como vagos que, en realidad, están desbordados. No siempre saben explicarlo bien, y a veces ni siquiera lo entienden ellos mismos.


Algunos llegan agotados por un ritmo constante de exigencias. Otros han aprendido que esforzarse no cambia gran cosa: suspendan o aprueben, siempre hay una crítica más. También están quienes han perdido el sentido de lo que hacen, y cuando algo no tiene sentido, el cerebro se desconecta.


A esto se suma un contexto especialmente estimulante: pantallas, redes sociales, comparaciones constantes, gratificación inmediata. No es un entorno precisamente diseñado para el esfuerzo sostenido.


Por eso, antes de hablar de pereza, conviene hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿le falta motivación… o le falta energía psicológica?


El cerebro adolescente no funciona como el de un adulto


Este punto es clave y suele pasarse por alto. El cerebro adolescente aún está en construcción, especialmente en las áreas relacionadas con la planificación, la constancia y la visión a largo plazo. Esperar que se autorregulen como un adulto no es realista.


Esto no significa justificarlo todo ni renunciar a los límites. Significa entender que el acompañamiento funciona mejor que la presión constante. Cuando solo exigimos, el adolescente no se activa: se bloquea o se defiende.


Y ahí empieza el círculo vicioso: más presión, más evitación; más evitación, más etiquetas.


El error más frecuente: intentar motivar con discursos


Muchos padres y madres lo hacen con buena intención: explican, razonan, advierten, comparan. Pero la experiencia clínica es clara: la motivación no aparece por entender algo, sino por sentirse capaz de hacerlo.


Un adolescente no empieza a moverse porque le expliquen por qué debería hacerlo, sino porque experimenta pequeñas sensaciones de control y competencia. Sin eso, cualquier discurso suena lejano o invasivo. Menos charla. Más experiencia directa.


Cuando empezar es el verdadero problema


En la mayoría de los casos, el gran obstáculo no es el esfuerzo, sino el inicio. Empezar duele más que continuar. Por eso, plantear grandes objetivos suele generar rechazo automático.


No es lo mismo decir “ponte a estudiar” que “abre el cuaderno y escribe el título”. El segundo no exige motivación; solo un pequeño gesto. Y muchas veces, ese gesto desbloquea lo demás.


El cerebro adolescente necesita arrancar para decidir si sigue. No al revés.


El entorno también educa (aunque no nos demos cuenta)


A veces exigimos voluntad donde lo que falla es el diseño del entorno. Material desordenado, móviles siempre a mano, horarios improvisados, ausencia de rutinas claras… Todo eso aumenta la fricción y hace que cualquier tarea parezca más pesada de lo que es.


Cuando el entorno acompaña, la supuesta pereza disminuye sin necesidad de grandes discursos. No porque el adolescente haya cambiado de actitud, sino porque hacer lo correcto cuesta menos.


Identidad y conducta: una distinción imprescindible


“Eres un vago” no es solo una frase desafortunada. Es un mensaje que se interioriza. Cuando un adolescente empieza a verse a sí mismo así, actuar de otra manera se vuelve más difícil.


No es lo mismo señalar una conducta concreta (“hoy no has hecho nada”) que atacar la identidad (“siempre igual, eres un vago”). En terapia insistimos mucho en esto: la conducta se puede entrenar; la identidad, no debería dañarse.


A veces no falta voluntad, falta descanso


Hay un cansancio que no se ve. Dormir mal, comer regular, vivir hiperestimulado o pasar muchas horas frente a pantallas genera un agotamiento real, no una excusa.


Antes de exigir más esfuerzo, conviene revisar lo básico: sueño, movimiento, pausas, espacios sin estímulos. Sorprendentemente, muchos “problemas de pereza” mejoran cuando mejora la energía.


¿Cuándo conviene preocuparse?


No todo es una etapa, pero tampoco todo es un trastorno. Es recomendable consultar si la apatía se mantiene en el tiempo, hay aislamiento progresivo, abandono claro de responsabilidades o cambios importantes en el estado de ánimo.


La clave está en la persistencia y el impacto en su vida, no en un mal mes o una racha puntual.


Una mirada a largo plazo


Educar a un adolescente no consiste en que haga todo perfecto hoy, sino en que aprenda algo fundamental para su vida adulta: empezar incluso cuando no tiene ganas.


Eso no se entrena con culpa ni con broncas constantes, sino con estructura, coherencia y una forma distinta de acompañar.


A veces, cuando cambia la manera de intervenir, cambia también el adolescente que tenemos delante.

Comentarios


  • Psicologo Alexander
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