Aceptación vs. Resignación: ¿en qué se diferencian realmente?
- Alexander García Hernández
- 2 oct
- 3 Min. de lectura

En psicología solemos hablar mucho de la importancia de aceptar lo que sentimos o lo que vivimos. Sin embargo, a menudo aparece la duda: ¿no es lo mismo aceptar que resignarse? La respuesta es clara: no son lo mismo, aunque a veces se confundan. Comprender esta diferencia puede marcar un cambio profundo en nuestra manera de afrontar las dificultades cotidianas y de relacionarnos con nuestro propio malestar.
La resignación: cuando bajamos los brazos
La resignación suele implicar un sentimiento de derrota. Es una actitud en la que la persona se dice a sí misma: “no hay nada que hacer, me toca aguantar”.
Se asocia a pasividad y a la sensación de impotencia.
Genera frustración y, a largo plazo, puede aumentar la tristeza, la apatía o incluso la desesperanza.
Quien se resigna, en cierto modo, se queda atrapado en el problema sin capacidad de movimiento.
Podríamos decir que la resignación es como vivir con una venda en los ojos: el problema está ahí, pero lo asumimos como algo que nos supera, sin buscar alternativas.
Un ejemplo muy habitual lo vemos en personas que sufren estrés laboral: “mi jefe es así, no hay nada que hacer, mejor callarse y aguantar”. Esa actitud de aguante constante genera un gran desgaste emocional y físico.
La aceptación: un punto de partida
La aceptación, en cambio, no es rendirse. Supone reconocer la realidad tal y como es, sin adornos ni negaciones. Es la capacidad de mirar de frente lo que ocurre, aunque duela, para dejar de luchar contra lo incontrolable y dirigir la energía hacia aquello que sí está en nuestras manos.
Aceptar no significa que algo nos guste, sino que dejamos de negarlo o combatirlo inútilmente.
Disminuye el sufrimiento añadido que genera la resistencia (“esto no debería estar pasando”).
Abre la puerta a la acción: una vez acepto lo que ocurre, puedo decidir qué hacer con ello.
Volviendo al ejemplo de la lluvia: aceptar sería reconocer que está lloviendo. Desde ahí puedo abrir un paraguas, esperar bajo un techo o incluso mojarme voluntariamente. La clave es que ya no me peleo con la realidad.
Un ejemplo cotidiano: la ruptura de pareja
Imaginemos una ruptura sentimental.
Desde la resignación, la persona piensa: “ya está, nunca volveré a ser feliz, no hay nada que hacer”. La vida se percibe como un muro.
Desde la aceptación, la idea es distinta: “esta relación terminó, duele, pero puedo cuidar de mí y abrirme a nuevas etapas”. Aquí la vida se percibe como un camino que sigue, aunque con curvas nuevas.
La diferencia no es sutil: mientras la resignación cierra puertas y encierra a la persona en el dolor, la aceptación abre posibilidades y facilita la adaptación.
Cómo cultivar la aceptación
Aceptar no siempre es sencillo, pero puede entrenarse. Algunas estrategias útiles son:
Practicar la atención plena (mindfulness): observar pensamientos y emociones sin juzgarlos, dejando que estén sin pelear con ellos.
Diferenciar lo controlable de lo incontrolable: invertir energía en lo primero y soltar lo segundo.
Reformular el lenguaje interno: pasar de un “no puedo con esto” a un “esto ocurre, ¿qué puedo hacer ahora?”.
Apoyarse en otros: pedir ayuda a personas de confianza o a un profesional puede marcar la diferencia en los momentos de mayor dificultad.
Reflexión final
Aceptar no es aprobar ni justificar lo que nos pasa, sino reconocerlo para poder movernos. Resignarse es bajar los brazos; aceptar es levantar la mirada.
La próxima vez que te enfrentes a una situación difícil, pregúntate:
-¿Me estoy resignando o estoy aceptando?
-¿Estoy dejando que la realidad me bloquee o estoy reconociéndola para seguir adelante?
Aceptar no siempre es fácil, pero es el primer paso para recuperar la sensación de libertad y avanzar con más serenidad.





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