¿Son buenos los celos?
- Alexander García Hernández
- 22 sept
- 3 Min. de lectura

Los celos forman parte del repertorio emocional humano. Aparecen cuando percibimos una amenaza —real o imaginada— hacia el vínculo con una persona significativa. En la vida cotidiana, esta emoción suele surgir en las relaciones de pareja, aunque también puede darse en la amistad, en la familia o incluso en el entorno laboral.
Pero la pregunta que muchos se hacen es inevitable: ¿los celos son siempre negativos, o pueden tener un lado positivo?
El origen de los celos
Desde una perspectiva psicológica, los celos mezclan varios ingredientes: miedo a perder al ser querido, inseguridad personal, necesidad de exclusividad y comparación con otras personas. Evolutivamente, se han interpretado como una emoción que ayudaba a proteger los vínculos afectivos y asegurar la supervivencia de la descendencia.
Sin embargo, lo que en un contexto ancestral podía tener cierto sentido adaptativo, hoy puede convertirse en un obstáculo para el bienestar individual y para la estabilidad de la pareja.
Celos como señal de cuidado
En dosis moderadas, los celos no tienen por qué ser dañinos. Un ligero malestar al ver que nuestra pareja presta mucha atención a otra persona puede recordarnos lo mucho que valoramos esa relación. En este sentido, los celos pueden actuar como una señal de alarma emocional, una llamada de atención sobre la importancia del vínculo.
Algunas parejas, de hecho, interpretan la expresión de celos leves como una muestra de interés y cuidado. Eso sí, esta lectura solo resulta sana cuando los celos se expresan de forma puntual, sin generar dinámicas de reproches ni restricciones a la libertad del otro.
Cuando los celos se vuelven tóxicos
El problema comienza cuando los celos pasan de ser una emoción puntual a convertirse en un patrón de comportamiento. Si se transforman en vigilancia constante, control de horarios o del teléfono, interrogatorios o sospechas sin fundamento, los celos dejan de ser una señal de cuidado para convertirse en una fuente de desgaste.
En esos casos se produce un círculo vicioso: cuanto más controla la persona celosa, más inseguridad experimenta; y cuanto más inseguridad siente, más necesidad tiene de volver a controlar. Este proceso acaba erosionando la confianza y alimentando conflictos recurrentes.
En consulta, es habitual ver que detrás de los celos intensos se esconden factores como baja autoestima, experiencias de abandono o traiciones anteriores. Incluso a veces la raíz está en creencias culturales sobre la posesión en el amor: la idea de que amar significa tener derechos sobre la vida del otro.
Diferenciar celos de amor
Uno de los errores más frecuentes es confundir celos con amor. Frases como “si no sientes celos, es que no te importa” han hecho mucho daño. El amor sano se basa en confianza, respeto y libertad compartida, mientras que los celos descontrolados se nutren de miedo y de inseguridad.
La ausencia de celos no significa falta de interés, sino más bien seguridad en el vínculo y confianza en la pareja.
¿Qué hacer ante los celos?
La clave no está en “extirpar” los celos, sino en aprender a escucharlos y gestionarlos. Algunas recomendaciones prácticas:
Reconocer la emoción: aceptar que los celos están ahí, sin negarlos ni exagerarlos.
Separar hechos de interpretaciones: no todas las señales que percibimos indican realmente una amenaza.
Expresar el malestar con asertividad: comunicar cómo nos sentimos sin acusar ni reprochar.
Trabajar la autoestima: una base sólida de seguridad personal reduce la intensidad de los celos.
Revisar acuerdos de pareja: cada relación necesita definir con claridad sus límites, expectativas y normas de confianza.
En algunos casos, cuando los celos son muy intensos o persistentes, puede ser recomendable buscar ayuda psicológica. La terapia ofrece un espacio para identificar la raíz del problema, trabajar la autoconfianza y fomentar un estilo de comunicación más sano en la pareja.
En conclusión
Los celos no son ni buenos ni malos por naturaleza: son una emoción humana más. En pequeñas dosis pueden servir como recordatorio del valor que damos a una relación, pero cuando se convierten en hábito, ponen en peligro precisamente aquello que intentan proteger.
La diferencia entre unos celos “tolerables” y unos celos tóxicos está en cómo los manejamos y en la capacidad de la pareja para dialogar y sostener la confianza mutua.





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