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Darse un tiempo en la pareja: pausa, claridad y riesgos

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Cuando una pareja plantea “darse un tiempo”, suele haber dos emociones cruzadas: alivio por parar la dinámica que desgasta y miedo a que el espacio se convierta en un abismo. Es una decisión que no debería tomarse como un impulso, sino como una intervención deliberada. Bien planteada, puede ofrecer claridad. Mal planteada, puede agravar justo lo que se quería evitar.


¿Por qué algunas parejas llegan a este punto?


Normalmente no es por un único conflicto, sino por acumulación de tensiones que no se resuelven, ciclos de reproches, distancia emocional o la sensación de que cada conversación acaba igual. El tiempo surge como un intento de desactivar ese “incendio continuo” donde ya no se piensa con claridad.


Desde la psicología, lo interpretamos como un mecanismo de regulación: cuando el sistema está saturado, se busca bajar la intensidad para poder mirar las cosas sin tanta reactividad.


Los beneficios potenciales


Si se hace con intención y estructura, la pausa puede facilitar:


  • Descompresión emocional. Bajar el ruido para escuchar lo que realmente se siente.

  • Recuperar perspectiva. Evaluar qué parte del malestar es del vínculo y qué parte es personal.

  • Reducir conductas dañinas. Si la interacción está en modo ataque-defensa, alejarse temporalmente puede frenar ese patrón.

  • Explorar necesidades individuales. A veces la decisión no es la ruptura, sino ajustar expectativas y ritmos.


Pero ojo: estos beneficios se activan solo si ambos comparten un objetivo común. Si uno lo ve como una oportunidad de reconstrucción y el otro como la antesala de marcharse, la pausa puede convertirse en un mensaje confuso y doloroso.


Los riesgos habituales


Aquí conviene ser claros:


  • Ambigüedad. “Darnos un tiempo” sin definir nada es como entrar en un túnel sin saber si hay salida.

  • Inseguridad y rumiación. La distancia aumenta las preguntas (“¿pensará en mí?”, “¿esto es el principio del fin?”).

  • Conflictos por expectativas distintas. Uno espera contacto; el otro, silencio absoluto.

  • Usar el tiempo como ruptura encubierta. El que se quiere ir evita verbalizarlo y delega en el tiempo la tarea de disolver la relación.


Cómo plantearlo de manera saludable


Para que un tiempo funcione y no se convierta en una retirada caótica, es importante que ambos sepan para qué se está tomando esa pausa. No se trata solo de “dejar de hablar unos días”, sino de aclarar qué se busca: bajar tensión, ver si aún hay proyecto común o entender qué parte del malestar viene de dentro de cada uno. Cuando esa intención está clara, conviene acordar cuánto va a durar ese paréntesis. No hace falta que sea algo milimétrico, pero sí una referencia que dé seguridad; las pausas eternas suelen generar más ansiedad que alivio.


También ayuda dejar hablado cómo será el contacto durante esos días. Algunas parejas necesitan silencio total para poder pensar sin contaminarse del ciclo habitual; otras prefieren un mensaje breve cada cierto tiempo para no vivirlo como abandono. No hay una fórmula universal, lo importante es que ambos sepan qué esperar. Y, por supuesto, si el objetivo es reflexionar sobre la relación, es imprescindible que ninguna de las dos personas abra nuevas vías afectivas durante ese periodo, porque distorsiona por completo el sentido del proceso.


Finalmente, antes de empezar la pausa es útil acordar un momento para reencontrarse y revisar lo que ha surgido. La pausa no tiene valor si no se acompaña de una conversación honesta al final, donde cada uno pueda expresar qué ha comprendido y qué decisiones quiere tomar a partir de ahí. Es esa conversación, más que el silencio en sí, la que realmente marca la diferencia.


Qué puede ayudar durante el tiempo de pausa


  • Evitar rumiaciones tipo “qué estará haciendo”.

  • Observar los momentos del día en los que surge alivio o tristeza.

  • Pensar con honestidad qué se echa de menos y qué no.

  • Identificar responsabilidades personales: no todo es del otro.


Aquí es donde, en terapia, solemos trabajar la distinción entre necesidades no cubiertas, expectativas poco realistas y patrones aprendidos de evitación o sobreimplicación.


¿Y si uno no quiere darse un tiempo?


Sucede a menudo. En ese caso, la pausa deja de ser una herramienta consensuada y se convierte en una decisión unilateral. Eso requiere otro tipo de intervención: sostener la inseguridad, reducir la reactividad y ayudar a que la persona no lea la pausa como un abandono absoluto.


Conclusión


Darse un tiempo puede ser un paréntesis útil si se trata como una herramienta y no como un refugio. No arregla por sí solo una relación, pero puede facilitar la claridad necesaria para decidir

si construir, cambiar o despedirse con respeto.

La clave no está en la distancia, sino en cómo se reconecta después.

Comentarios


  • Psicologo Alexander
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