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Vivir con la sensación de que nos falta algo


Hay una sensación que muchas personas arrastran durante años sin saber muy bien cómo nombrarla. No es exactamente tristeza, aunque a veces se parece. No es necesariamente ansiedad, aunque puede generar inquietud. Es más bien una especie de insatisfacción de fondo, una impresión persistente de que la vida todavía no está del todo bien porque falta algo.


A veces ese “algo” tiene forma de carrera universitaria pendiente, de oposición sin aprobar, de casa en propiedad, de mejor sueldo, de pareja estable, de cuerpo diferente, de reconocimiento profesional o de una estabilidad económica que nunca parece suficiente. La mente lo formula de maneras muy convincentes: “cuando termine esto, estaré más tranquilo”, “cuando gane más dinero, podré relajarme”, “cuando consiga ese objetivo, por fin sentiré que voy bien”.


Y en parte puede ser verdad. Hay cosas externas que importan. No sería justo decirle a alguien que su malestar es solo una cuestión de actitud cuando quizá vive con precariedad, falta de apoyo, cansancio o incertidumbre. Tener objetivos, querer mejorar o aspirar a una vida más cómoda no es un problema. El problema aparece cuando empezamos a colocar nuestra valía personal en todo aquello que todavía no hemos conseguido.


Entonces la meta deja de ser una dirección y se convierte en una condición. Ya no estudio solo porque quiero formarme, sino porque siento que sin ese título no soy suficiente. Ya no quiero ganar más dinero para vivir con más tranquilidad, sino porque interpreto que mi situación actual dice algo negativo sobre mí. Ya no quiero mejorar mi cuerpo desde el cuidado, sino desde la idea de que, tal y como soy ahora, no merezco aceptarme.


La dificultad es que, cuando vivimos desde ese lugar, ningún logro termina de cerrar la herida. Podemos terminar la carrera y, al poco tiempo, sentir que ahora deberíamos hacer un máster. Podemos mejorar nuestros ingresos y enseguida compararnos con quien gana más. Podemos conseguir algo que durante años deseamos y descubrir que la calma dura menos de lo esperado. La mente se acostumbra rápido a lo conseguido y encuentra una nueva carencia a la que agarrarse.


No ocurre porque seamos desagradecidos o incapaces de valorar lo bueno. Muchas veces ocurre porque hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos desde la deuda. Como si siempre tuviéramos algo pendiente que demostrar. Como si nuestra vida actual fuese solo una versión provisional, incompleta, todavía no merecedora de descanso.


A esto se suma una época especialmente propicia para sentirse por detrás. Hoy tenemos acceso constante a vidas aparentemente más completas que la nuestra. Vemos personas viajando, comprando casas, emprendiendo, teniendo hijos, cambiando de cuerpo, ascendiendo profesionalmente o mostrando una seguridad que parece envidiable. Aunque sepamos que lo que vemos es solo una parte, emocionalmente puede activar una pregunta dolorosa: “¿por qué yo no estoy ahí?”.


La comparación rara vez es neutra. No comparamos solo datos objetivos. No comparamos únicamente su sueldo con el nuestro, su relación con la nuestra o su cuerpo con el nuestro. Comparamos también nuestra sensación de éxito, nuestro miedo a quedarnos atrás, nuestra necesidad de sentir que estamos haciendo las cosas bien. Y desde ahí es fácil que cualquier vida ajena parezca una prueba contra nosotros.


Una pregunta importante, aunque incómoda, sería: ¿desde dónde estoy intentando mejorar mi vida? Porque no es lo mismo avanzar desde el deseo que avanzar desde el desprecio hacia uno mismo. La conducta puede parecer idéntica por fuera, pero por dentro cambia mucho. Puedo estudiar, trabajar, ahorrar, entrenar o esforzarme desde una motivación sana, vinculada al crecimiento y al cuidado. O puedo hacerlo desde una sensación constante de insuficiencia, como si cada paso fuese una manera de intentar corregir algo defectuoso en mí.


Cuando la mejora nace del deseo, suele haber esfuerzo, pero también cierta dirección. Cuando nace del desprecio, suele haber presión, rigidez y miedo. La persona no camina hacia algo, sino que huye de la posibilidad de sentirse fracasada.


Por eso no se trata de renunciar a las metas. Sería absurdo e incluso poco realista. Las metas nos organizan, nos ilusionan y nos ayudan a construir una vida con sentido. La cuestión es si esas metas están al servicio de nuestra vida o si nuestra vida entera se ha puesto al servicio de ellas.


Porque muchas personas viven aplazando la calma. Se dicen que ya descansarán cuando todo esté más claro, que ya disfrutarán cuando tengan más estabilidad, que ya se sentirán orgullosas cuando consigan algo verdaderamente importante. Pero la vida rara vez llega a ese punto perfecto en el que todo está resuelto. Siempre aparece una nueva tarea, una nueva incertidumbre, un nuevo deseo o una nueva comparación.


Si esperamos a tenerlo todo cerrado para permitirnos estar bien, probablemente pasaremos demasiado tiempo sobreviviendo.


Quizá una parte del trabajo psicológico consiste en aprender a distinguir entre desear algo y necesitarlo para sentirse suficiente. Puedo desear terminar una carrera, pero eso no significa que mi vida no valga hasta que lo consiga. Puedo querer ganar más dinero, pero eso no convierte mi situación actual en un fracaso. Puedo querer mejorar aspectos de mí, pero eso no implica tratarme como si estuviera incompleto o defectuoso.


También conviene revisar algo que solemos hacer con mucha facilidad: normalizar demasiado rápido lo que ya hemos conseguido. Muchas personas tienen una memoria muy viva para lo que falta, pero muy pobre para lo que han construido. Recuerdan con precisión sus errores, sus retrasos, sus inseguridades y sus asuntos pendientes, pero apenas registran sus esfuerzos, sus avances o las dificultades que han atravesado.


No se trata de conformarse ni de repetir frases vacías de autoayuda. Se trata de mirar la propia vida con más justicia. Dejar de vivir como si todo lo conseguido caducara en cuanto aparece un nuevo objetivo.


A veces la sensación de que nos falta algo no desaparece porque intentamos llenarla únicamente con logros. Más formación, más dinero, más reconocimiento, más control, más seguridad. Y algunas de esas cosas pueden ayudar, claro que sí. Pero si por dentro seguimos relacionándonos con nosotros mismos desde la exigencia permanente, probablemente cualquier conquista se quedará corta. Quizá no falta una vida perfecta. Quizá falta una forma más amable de habitar la vida real.


Podemos querer más sin despreciar lo que ya tenemos. Podemos crecer sin tratarnos como si estuviéramos siempre en deuda. Podemos tener ambición sin convertir cada objetivo en un examen de nuestra valía. Podemos estar en proceso sin vivir como si todavía no tuviéramos derecho a descansar.


Al final, tal vez la calma no aparece cuando lo completamos todo, porque la vida nunca está completamente terminada. Tal vez aparece cuando dejamos de exigirle a cada logro que nos dé el permiso que no nos estamos dando por dentro: el permiso de sentir que, incluso mientras seguimos avanzando, ya somos suficientemente valiosos.

  • Psicologo Alexander
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