¿Por qué seguimos cometiendo los mismos errores aunque sabemos que lo son?
- Alexander García Hernández
- 15 jun
- 6 min de lectura

Hay una pregunta que muchas personas se hacen en consulta con cierta frustración: “Si ya sé que esto me hace daño, ¿por qué lo sigo haciendo?”. Puede aparecer en muchas formas: volver a discutir de la misma manera, revisar el móvil de la pareja, procrastinar, comer mal cuando hay ansiedad, callarse lo que uno siente, explotar cuando ya era evidente que convenía parar, volver con alguien que no nos conviene o repetir decisiones que después generan culpa.
A simple vista, parece contradictorio. Si una persona sabe que algo está mal, que le perjudica o que ya le ha traído problemas antes, lo lógico sería que dejara de hacerlo. Pero el comportamiento humano no funciona solo con lógica. Saber algo no siempre significa poder hacerlo distinto. De hecho, muchas veces confundimos comprensión con cambio. Entender un problema es importante, pero no es suficiente.
Saber no es lo mismo que tener integrado
Podemos saber racionalmente que una conducta nos perjudica, pero seguir recurriendo a ella porque, en algún nivel, cumple una función. Puede aliviar momentáneamente, evitar una emoción incómoda, protegernos de una sensación de vulnerabilidad o darnos una falsa sensación de control.
Por ejemplo, una persona puede saber que revisar constantemente si su pareja está conectada no le ayuda. Incluso puede reconocer que eso aumenta su ansiedad. Pero en el momento de inseguridad, revisar el móvil le da una pequeña dosis de tranquilidad. Aunque sea breve. Aunque después venga más malestar. Ahí está una de las claves: muchos errores se mantienen porque ofrecen una recompensa inmediata, aunque tengan un coste posterior.
La mente suele priorizar el alivio rápido frente al bienestar a largo plazo. No porque seamos débiles, sino porque nuestro sistema emocional está diseñado para reducir malestar de forma urgente. El problema es que lo que calma ahora puede alimentar el problema después.
Repetimos lo conocido, incluso cuando no nos conviene
Otra razón importante es que tendemos a repetir patrones familiares. No necesariamente patrones sanos, sino patrones conocidos. A veces una persona ha aprendido a defenderse atacando, a evitar conflictos callándose, a conseguir cariño complaciendo, a protegerse desconfiando o a manejar la ansiedad controlando.
Con el tiempo, esas respuestas se vuelven automáticas. No aparecen como una decisión consciente, sino como una reacción casi inmediata. Esto explica por qué alguien puede decir: “No quería volver a hacerlo, pero cuando me di cuenta ya estaba actuando igual”. En realidad, muchas conductas problemáticas no nacen en el momento exacto en el que ocurren. Vienen preparándose antes: con tensión acumulada, cansancio, miedo, pensamientos repetitivos, sensación de amenaza o falta de recursos para regularse.
Por eso, el cambio no consiste solo en decir “la próxima vez lo haré mejor”. Consiste en aprender a detectar antes el inicio del patrón.
La emoción suele llegar antes que la razón
Cuando estamos tranquilos, podemos pensar con claridad. Pero cuando aparece el miedo, la rabia, la vergüenza, la culpa o la ansiedad, nuestra capacidad de análisis se reduce. En esos momentos no respondemos desde la parte más reflexiva, sino desde una parte más automática y defensiva.
Una persona puede tener muy claro que no quiere gritar. Pero si interpreta que no la escuchan, que la rechazan o que la están atacando, puede reaccionar desde la rabia antes de poder pensar. Después, con calma, aparece la culpa: “Otra vez igual”.
Esto es muy importante: muchas veces el problema no es que la persona no sepa qué debería hacer, sino que no consigue acceder a ese aprendizaje en el momento emocionalmente intenso.
Por eso, en terapia no basta con dar consejos. Muchas personas ya saben lo que “deberían” hacer. El trabajo real suele estar en desarrollar herramientas para poder hacerlo cuando el cuerpo y la emoción empujan en dirección contraria.
A veces el error protege de algo más doloroso
Hay errores que, vistos desde fuera, parecen absurdos. Pero si los miramos con más profundidad, a menudo tienen una función protectora.
Una persona que evita tomar decisiones puede parecer insegura o pasiva, pero quizá está intentando evitar el miedo a equivocarse. Alguien que se muestra frío en una relación puede estar protegiéndose del miedo a depender. Una persona que discute constantemente puede estar intentando sentirse escuchada, aunque el modo que utiliza acabe alejando a los demás.
Esto no significa justificar cualquier conducta. Comprender no es excusar. Pero si solo nos quedamos en “lo hago mal”, perdemos una parte importante del análisis: ¿para qué me sirve hacer esto?, ¿qué emoción estoy intentando evitar?, ¿qué necesidad hay debajo?, ¿qué miedo se activa?
Muchas veces, detrás de un error repetido hay una estrategia antigua que en algún momento ayudó, pero que ahora se ha quedado desactualizada.
El cambio exige tolerar incomodidad
Cambiar no es simplemente sustituir una conducta mala por una buena. Cambiar implica atravesar un periodo incómodo en el que dejamos de usar una estrategia conocida, pero todavía no dominamos del todo la nueva.
Por ejemplo, si alguien está acostumbrado a complacer siempre a los demás, empezar a poner límites puede generar culpa. Si alguien evita los conflictos, empezar a expresar lo que siente puede generar ansiedad. Si alguien se calma controlándolo todo, aprender a soltar puede producir una sensación inicial de inseguridad.
Aquí aparece una trampa frecuente: la persona interpreta esa incomodidad como una señal de que va mal. Pero muchas veces es justo lo contrario. La incomodidad no siempre indica peligro; a veces indica aprendizaje. El problema es que, si no entendemos esto, volvemos al patrón antiguo porque parece más cómodo. No porque sea mejor, sino porque resulta más familiar.
También influye la identidad
A veces repetimos errores porque están conectados con una idea rígida de nosotros mismos: “yo soy así”, “siempre me pasa lo mismo”, “no tengo fuerza de voluntad”, “soy un desastre”, “no sé elegir bien”, “no puedo cambiar”. Estas frases parecen simples descripciones, pero pueden convertirse en una especie de profecía. Si una persona se define por sus errores, le costará más verse capaz de actuar diferente.
Una parte importante del cambio consiste en separar identidad y conducta. No es lo mismo decir “soy una persona impulsiva” que decir “en ciertas situaciones respondo con impulsividad”. La segunda frase abre una puerta. Permite observar, entender y modificar. La primera encierra.
No somos únicamente lo que hemos repetido. También somos lo que podemos aprender a hacer de otra manera.
Entonces, ¿cómo se empieza a cambiar?
El primer paso no suele ser exigirse más, sino observar mejor. Antes de cambiar un patrón hay que entenderlo. ¿Cuándo aparece? ¿Con quién? ¿Qué emoción lo activa? ¿Qué pensamiento lo justifica? ¿Qué alivio produce? ¿Qué coste tiene después? Una pregunta útil no es solo “¿por qué lo he hecho otra vez?”, sino “¿qué estaba pasando justo antes de hacerlo?”.
El cambio real suele empezar antes del error, no después. Si solo analizamos la conducta cuando ya ha ocurrido, llegamos tarde. Necesitamos aprender a identificar las señales previas: tensión corporal, pensamientos repetitivos, necesidad urgente de responder, sensación de amenaza, cansancio, rabia acumulada o búsqueda inmediata de alivio.
A partir de ahí, conviene introducir pequeñas pausas. No siempre podremos cambiarlo todo de golpe, pero sí podemos aprender a retrasar la reacción, pedir tiempo, respirar, salir de la situación unos minutos, escribir antes de contestar, expresar una emoción en lugar de atacar o elegir una conducta un poco menos dañina que la habitual.
El objetivo inicial no siempre es hacerlo perfecto. A veces el primer avance es darse cuenta antes. Luego parar un poco antes. Luego reparar mejor. Luego responder distinto una vez de cada cinco. Y desde ahí seguir construyendo.
No todos los errores son falta de voluntad
Es fácil caer en una lectura moralista: “si sigo haciéndolo es porque no quiero cambiar lo suficiente”. A veces puede haber falta de compromiso, claro. Pero muchas otras veces hay aprendizaje emocional, automatismos, miedo, impulsividad, necesidad de control, baja tolerancia al malestar o estrategias de protección que se han vuelto problemáticas.
La voluntad ayuda, pero no sustituye al entrenamiento psicológico. Igual que no basta con saber que hacer ejercicio es bueno para estar en forma, tampoco basta con saber que deberíamos comunicarnos mejor, regularnos mejor o dejar de evitar.
El cambio necesita práctica, repetición, contexto, autoconocimiento y paciencia. También cierta honestidad: no basta con entender el error; hay que asumir la responsabilidad de trabajar sobre él.
Repetir un error no significa no avanzar
Una idea importante: volver a cometer un error no siempre significa estar en el punto de partida. A veces la persona lo repite, pero lo detecta antes. O dura menos. O repara mejor. O ya no se engaña tanto. O empieza a ver el patrón con más claridad. Eso también es cambio.
La evolución psicológica no suele ser lineal. Muchas veces avanzamos en espiral: volvemos a lugares conocidos, pero con más conciencia y más recursos. La clave está en no usar cada recaída como una prueba de fracaso, sino como información. Preguntarnos: “¿qué puedo aprender de esto?” suele ser más útil que castigarnos con un “otra vez igual”.
Conclusión
Las personas seguimos cometiendo errores aunque sepamos que lo son porque no somos máquinas racionales. Somos seres emocionales, con historia, hábitos, miedos, necesidades y mecanismos de defensa. Muchas conductas que hoy nos perjudican nacieron como intentos de protegernos, calmarnos o adaptarnos. Pero comprender esto no significa resignarse. Al contrario: entender por qué repetimos ciertos patrones nos permite intervenir mejor sobre ellos. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad.
Cambiar no es simplemente saber lo que hay que hacer. Cambiar es poder hacerlo en el momento en que más cuesta. Y eso se entrena.




